miércoles, 11 de mayo de 2011

Y DIME "HIJO DE MI ALMA"


Y DIME "HIJO DE MI ALMA"

Para llorar contigo.

Por Manuel Acosta Ojeda

En una fecha singular, el autor nos recuerda, con la historia de su valse "Madre", que los sentimientos verdaderos por un ser sin igual valen mucho más que todo lo material.

Siempre he dicho que nadie puede dar lo que no tiene. Si bien no estudié mucho, tuve la oportunidad -en el Colegio Salesiano, donde hice mi primaria-, de escuchar a los grandes maestros de la música docta: Vivaldi, Bach, Mozart; y leíamos -obligados- a Horacio, Virgilio, Rubén Darío.

No creo en la inspiración, siento que si no hay trabajo, no habrá resultado. Pero existe siempre aquello que sale de toda regla y es cuando la sinceridad derrota a la razón, dando paso al sentimiento.

Sería -si mal no recuerdo- 1950. Y mi barrio adoptivo era Surquillo, lugar que recién estrenaba el nombre dedistrito (junio de 1949). Allí, Rómulo Palavichino, primera guitarra; Gerardo Hernández, guitarra de apoyo y segunda voz; y yo, como primera voz, formábamos el Trío Surquillo, los quedábamos serenatas cuando alguien nos contrataba para algún cumpleaños y si no, cantábamos en el bar "El Botellón", ubicado en el jirón González Prada. Aún no existían en forma masiva los tocadiscos, por lo que cantantes e instrumentistas teníamos más trabajo.

Cuando la serenata era viernes, nos refugiábamos después de las 4 de la mañana en el bar "El Silletazo", que era punto de reunión para los panaderos y los trabajadores del mercado, quienes desayunaban allí. Así llegó la madrugada del segundo sábado de mayo de 1951, víspera del Día de la Madre; y entre copas y canciones dieron las siete de la mañana y empezaron a llegar jóvenes a comprar panetones, chocolates, botellas de champagne, indudablemente para obsequiar a sus progenitoras.

En los bolsillos solo llevaba mis llaves y una cajetilla de cigarrillos Nacional, cuya envoltura -por su parte blanca- me sirvió para escribir unas letras, como si fueran una carta, sin siquiera la intención de mostrarla a mi madre y menos hacerla una canción.

Creo que aquí reside la enorme sinceridad con que consiguió mucho más tarde su éxito, cuando la graban, en 1957, el trío Los Chamas.
Sobre este valse, me han hecho muchas entrevistas, siendo la más cercana a mi recuerdo la de Antonio Muñoz Monge, que dice:

"De pronto el "Sabido" de los Geniecillos Dominicales, novela de Julio Ramón Ribeyro, el terrible billarista haciendo de las suyas en los tapices verdes de las mesas surquillanas, el cantor de barrio, el bardo explicando su canción, su oficio y la de sus hermanos compositores e intérpretes ante un auditorio de empleados y obreros. El que llegó tarde a la casa familiar, después de uno o dos días, atrapado
por amigos y su fiebre juvenil, entre brindis y canciones, mientras, sin ningún reproche mamá María Luisa le sirve el desayuno matinal mirándolo a los ojos, entonces, la ternura y el perdón se enroscan y hablan..."

Permítanme, dedicar este artículo a mi señora madre María Luisa Ojeda de Acosta, nacida un 15 de mayo de 1911, en la localidad de Yacango, Moquegua, y quien, por lo tanto, el próximo domingo estaría cumpliendo 100 años. En nombre de mis hermanos y mi familia: ¡Feliz primer centenario, María Luisa!

Madre
Madre, cuando recojas con tu frente mis besos,
todos los labios rojos,
que en mi boca dejaron,
huirán como sombras
cuando se hace la luz.

Madre, esas arrugas se formaron pensando:
¿dónde estará mi hijo?,
¿por qué no llegará?
y por más que las bese
no las podré borrar.

Madre, tus manos tristes,
como aves moribundas,
déjame que las bese,
tanto, tanto han rezado,
por mis locos errores
y mis vanas pasiones,
y por último, madre,
deja que me arrodille
y sobre tu regazo
coloque mi cabeza,
y dime hijo de mi alma
para llorar contigo.




Tomado del Suplemento Variedades del diario El Peruano.






LOS CHAMAS - MADRE

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