jueves, 19 de mayo de 2011

EL CANTO DE LUIS PARDO 2

LETRA DE ABELARDO GAMARRA, ¿DE QUIÉN MÁS PODRÍA SER?

EL CANTO DE LUIS PARDO | 2

Ha pasado el tiempo y aún no se tiene la certeza de quién es el autor de "Andarita". Según el autor, Abelardo Gamarra "El Tunante" sería el verdadero creador de la letra de esta canción que relata las aventuras de Luis Pardo.

La llegada de una carta que contenía un poema que describía las aventuras y desventuras de Luis Pardo, a los pocos días de su muerte, a las oficinas del semanario Integridad, que dirigía Abelardo Gamarra "El Tunante", dieron origen a una gran leyenda. El 23 de setiembre de 1909 se publicaron, por primera vez, las once décimas (ciento diez versos), sin firma alguna, atribuyendo románticamente la autoría a Luis Pardo basándose en que el contenido pareciera ser el relato de su vida y sus anhelos, contado en primera persona a su amada "Andarita".

Alegremente, quiso adjudicársele al poeta Leonidas Yerovi, pero con el tiempo diversos intelectuales, respaldados por sus serias investigaciones, dan como único posible autor de la letra a "El Tunante", ya que son octosílabos perfectos, o sea, hechos por un versador, sumado a que en el texto existen expresiones que no corresponden al hablar "chiquiano". Pero la palabra que más llamó la atención fue "andarita", flor silvestre del norte que existe solo entre Pallasca y Cajamarca, no en Chiquián. Parece ser que deriva de "antarita" –diminutivo de antara, instrumento musical hecho de caña de carrizos–. Por eso, dice: "Mi dulce andarita", –no sé si serán dulces las flores, pero el sonido que emite la antara, definitivamente, ennoblece el alma.

Justo Arredondo –gran amigo de Gamarra– le puso melodía de valse. Ahora, solo se cantan la 1, 5, 9, 11.

* Omitimos la primera décima, pues ya fue publicada.
 
Ven, consuela al solitario

que por jalcas y oconales,
sin hallar fin a sus males,
va arrastrando su calvario.
Fue el destino temerario
al empujarme inclemente,
como por rauda pendiente,
desde lo alto del peñón
se desgaja algún pedrón
que rueda y cae inconsciente.


A mi padre lo mataron,
mi madre murió de pena;
ella, tan buena, ¡tan buena!
¡Ellos que tanto me amaron!
Con ambos me arrebataron
lo más que en el mundo quise.
Pero aún la suerte me dice:


"Ama, busca a una mujer",
que hube también de perder...
pues nací para infelice.


De entonces, ¿qué hube
de hacer?
Odiar a los que me odiaron;
matar a los que mataron
lo que era el ser de mi ser;
en torno mío no ver
sino la maldad humana;
esa maldad cruel, insana,
que con el débil se estrella,
que al desvalido atropella
y de su crimen se ufana.


Por eso yo quiero al niño;
por eso yo amo al anciano;
al indio, que es mi hermano,
le doy todo mi cariño.


No tengo el alma de armiño
cuando sé que se le explota;
toda mi cólera brota
para su opresor, me indigna
como la araña maligna
que sé aplastar con mi bota.


Yo aborrezco la injusticia;
yo quiero al que es desgraciado,
al que vive abandonado
sólo por torpe malicia;
yo maldigo la estulticia
de tanta gente menguada,
porque al fin de la jornada,
puesto que la vida es corta,
la vida a mí qué me importa
porque ¿qué es la vida? ¡Nada!


De mi provincia las peñas
y el viento de mis quebradas,
me delatan las pisadas
del que me busca en las breñas;
hasta las ramas son señas
que de la suerte merezco;
ni me asusta ni padezco
si alguien me mira altanero;
yo soy como el aguacero,
que al soplo del viento crezco.


Brama, brama, tempestad;
ruge, trueno, en el espacio,
¡Bendito sea el palacio
de la augusta Libertad!
Cielo, con tu inmensidad
vas mis pasos amparando.
El rayo me va alumbrando
si viene la noche oscura,
en medio de su negrura
para seguir caminando...


Llega la noche. En el cielo
salta la luna serena;
dentro del pecho mi pena
parece hallar un consuelo;
sobre el campo, blanco velo
se extiende, y como visión,
detrás de cada peñón
parece ver a mi amada,
que viene como escapada
a buscar mi corazón.


Cae la noche, en el cielo
surge la argentada luna,
triste como mi fortuna,
sola cual mi desconsuelo.


A su luz beso el pañuelo
que me dio a la despedida,
que en su llanto humedecida
besó ella con pasión loca
y que guarda de su boca
la huella siempre querida.


Y me persiguen, ¡traidores!
siempre fueron sin entrañas,
les espanta mis hazañas
que no son sino rencores.


¿Dónde están mis defensores?
Para mí, nadie es clemente;
nadie piensa, nadie siente,

¿Quieren matarme?, ¡en buena

hora!
Que me maten si es la hora,
¡pero mátenme de frente!

Tomado del Suplemento Variedades El Peruano

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