domingo, 15 de mayo de 2011

LA MARINERA ESCONDIDA

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EXISTIÓ CASI MEDIO SIGLO ANTES DE "LA CONCH'EPERLA"

LA MARINERA ESCONDIDA


El origen de esta danza se remontaría mucho antes que Abelardo Gamarra decidiera cambiar de nombre a la zamacueca (1879). El autor nos revela una teoría que afirma que la marinera se habría originado en los primeros años del siglo XIX.

El doctor Guillermo Ugarte Chamorro (1921-1998) y otros personajes vinculados al teatro, demostraron con documentos –como afiches y folletos de mano– que antes de 1879, fecha en la que Abelardo Gamarra "resolvió sustituir el nombre de chilena por el de marinera", ya se anunciaba un baile con este mismo nombre en algunos programas teatrales. Pero el documento más extraño sobre este tema es el que menciona don Aurelio Collantes en su libro "Documental de la Canción Criolla" publicado en 1972, titulado "La Mariscala y la Marinera".

"La Voz de la Tradición" no remite la fuente, pero menciona a Rafael Calderón Peña y Lillo como difusor de esta anécdota, dándole como ubicación la ciudad del Cusco. Por más que tratamos de conseguir información de esta persona, no lo logramos, pero hallamos datos de un sacerdote del mismo nombre "Rafael Calderón Peñailillo" en la ciudad del Cusco a principios del siglo XIX. También es posible que el apellido sea Peñaillillo o Penalillo, pues es muy común este apellido en esa ciudad.

Doña Francisca Zubiaga, (1803-1835) más conocida como la "Mariscala", mujer con voz de mando, fue la segunda esposa del Mariscal Agustín Gamarra (1785-1841), quien asume por primera vez la presidencia por el derrocamiento a José De la Mar en el año 1829, finalizando su periodo en 1833. En este tiempo histórico debió suceder el episodio que hoy les contamos, ya que para la segunda presidencia de Gamarra (1839-1841) doña Pancha ya había fallecido.

Del otro personaje, Albarracín lamentablemente no podemos precisar datos concretos.

"LA MARISCALA Y LA MARINERA"

"Los agentes secretos de doña Francisca Zubiaga, le dieron el soplo de fraguarse una conspiración militar contra su esposo el Mariscal Gamarra, ausente a la sazón del Cuzco. Jefe de un cuerpo acantonado en la plaza, dícese era Albarracín, compadre de doña Pancha. Para llegar a la oculta cepa del movimiento, La Mariscala ofreció una tertulia, donde se danzaron las cuadrillas, la polca y demás bailes de moda entre la gente de buen tono.

Fuerza es hacer un paréntesis para dar idea de la importancia que se asignaba al pañuelo de lujo, con la sola condición de que ostentara el monograma de su tenedor.

Documento de fe para comprometer una obligación, era entregado por el deudor teniendo facultad de lucirlo el acreedor cuando le fuera preciso traslucir la existencia de un compromiso, servía para acreditar al emisario en casos de comisión importante.

Volvamos a la tertulia. Menudeaban los ponches y los copetines cuando al despuntarse en franca alegría criolla. Doña Pancha concediendo a Albarracín los atributos de la figura central de la fiesta, invitóle a bailar la airosa marinera.

Al intento, no llevaba pañuelo que batir –aditamento indispensable para dar la donosura debida a esta caricatura de la jota aragonesa– Enterado el fementido compadre, brindó a La Mariscala su pañuelo lujoso, bordado en vistosa seda, con la ingenuidad de ostentar un rasgo de cortesía que liberara de la fingida zozobra a la dama.

Al compás de un picaruelo aire cuzqueño, la marinera de la destacada pareja, "el uno sin el otro no vale" y el "chaichán" cumplieron su rol a maravilla y cuando aún no se habían agotado las zalameras palmas de los circundantes, un esclavo aportado al efecto, simuló una urgente llamada a Doña Pancha, quien abandonó la sala, llevándose a lo distraída, el pañuelo del compadre, mientras otras parejas tomaban posiciones para la seguidilla de marineras (...)

En esta época se dieron muchos bailes en honor a personajes importantes como el Libertador don Simón Bolívar o para desagraviar al General Antonio Gutiérrez De la Fuente dado por el General Miller, donde la Mariscala no asistió, pues estaba indispuesta.

(...) Veamos lo que sucedió fuera de la sala, La Mariscala llamó a un militar de su confianza y le dio orden de constituirse en la casa de Albarracín, ubicada en la calle Nueva Alta, con ciertas cautelosas instrucciones, portando aquel pañuelo.

Las horas del amanecer cantaba el sereno, el emisario a paso redoblado recorrió la corta distancia que mediaba entre las casas de los compadres, nuestros protagonistas. Persistentes golpes perturbaron la silente paz del barrio y el incauto sueño de la mujer de Albarracín, quien, enterada de antecedentes, mandó abrir el grueso portón, después de un cortés saludo y corridas las excusas del caso, el emisario pidió a la buena señora le entregase los documentos del gavetario de su marido. Cuando ésta expresó sus dudas, fácilmente fueron desvanecidas por el hábil comisionado que mostró el pañuelo en fé de su cometido. Con rapidez asombrosa llegaron los documentos y volvió el pañuelo a poder de La Mariscala. Poseída de la naturalidad de los políticos de alta escuela, penetró otra vez a la sala. "Compadre, perdone haberme quedado con su pañuelo", dijo Doña Pancha a su presunto cautivo. "Comadre, en muy buenas manos", expuso éste, al recibir la preciada prenda.

En su escritorio privado, sola sin consultores, ni consejeros, la Presidenta del Perú recorrió con su ágil y penetrante mirada los instrumentos del complot. Ahí estaban la lista de los conjurados, el compadre a la cabeza y el plan de la rebelión que debía explotar aquel mismo día. Es aquí donde discrepan las versiones. Según unos, La Mariscala, simulando argumentos de orden administrativo- militar, solicitó que la acompañase el compadre Albarracín al cuartel de las tropas que habrían de sublevarse. Descorrió el velo de la insinceridad con el juego asaz ingenioso de presentar a su compadre como su fiel aliado a la causa gamarrista.

Otra versión asegura que la Zubiaga –de acuerdo con su carácter ejecutivo– ordenó que un piquete de sus escogidos apresara a los conjurados, que pasaron a buen recaudo.

Esta tradición escrita por Rafael Calderón Peña y Lillo, flota en el ambiente evocativo del Cuzco, confirma los contornos del temperamento varonil de la única Presidenta peruana, cuya ágil imaginación, su temeraria confianza en sí misma y el absoluto dominio que ejercitaba sobre sus adeptos y su astucia invencible.

Ahora empiezan las interrogantes, recordemos que este episodio habría ocurrido en el primer período del gobierno de Agustín Gamarra, o sea 1829- 1833. ¿Cómo serían esas marineras? Tal vez exista alguna partitura en el Cusco. ¿De dónde vendría el nombre de marinera? Si ponemos a trabajar nuestra imaginación y guiados por la frase: "Al intento, no llevaba pañuelo que batir –aditamento indispensable para dar la donosura debida a esta caricatura de la jota aragonesa..."; y teniendo en cuenta que estando mal vista la Jota en los salones aristocráticos de España y sus colonias, por ser un baile "plebeyo" que requería del pañuelo para elevar su nivel social, la palabra caricatura (de la voz ítala: caricare, una de cuyas acepciones es exagerar), deducimos que la danza no pertenecía a los salones de las clases dominantes, que fue impuesta por la Zubiaga, quien gustaba de los bailes populares por su cercanía con el pueblo.

Queda para investigar quién era el tal Albarracín, siendo hombre de confianza, hasta compadre de la pareja presidencial, ¿cómo se atrevió a cometer esta felonía? Si conocía por demás el carácter de doña Pancha, y que su traición sería castigada con la muerte.

Es muy extraño, que no se consigne su nombre de pila; seguiremos investigando, el que la sigue la consigue.

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